La Península Ibérica ha sido desde la Prehistoria un espacio de confluencia de pueblos y culturas. Su posición geográfica, entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África, la convirtió en un cruce de caminos por el que transitaron pueblos colonizadores, ejércitos conquistadores e influencias culturales diversas. Este bloque abarca desde los primeros pobladores hasta el final del reino visigodo (711).
Paleolítico: Los yacimientos de la Sierra de Atapuerca (Burgos) contienen algunos de los restos humanos más antiguos de Europa: Homo antecessor (más de 800.000 años) y Homo heidelbergensis (Sima de los Huesos, 430.000 años). El arte rupestre del Paleolítico Superior alcanzó su máxima expresión en la cueva de Altamira (Cantabria), con sus famosos bisontes polícromos (entre 36.000 y 13.000 años). En el Levante peninsular se desarrolló un arte rupestre diferente: figuras humanas esquemáticas y escenas de caza, declarado Patrimonio de la Humanidad.
Neolítico: Llegó a la Península hacia el 5000 a.C. por la costa mediterránea. Se caracterizó por la cerámica cardial (decorada con impresiones de conchas), los primeros poblados agrícolas y ganaderos, y los monumentos megalíticos (dólmenes de Antequera, megalitismo atlántico gallego-portugués).
Edad de los Metales: Destacan la cultura de Los Millares (Almería, Calcolítico, 3200-2200 a.C.) con su poblado amurallado y necrópolis de tholos, y la cultura de El Argar (Almería, Edad del Bronce, 2200-1500 a.C.), con una sociedad jerarquizada y metalurgia avanzada.
En el primer milenio a.C., la Península estaba habitada por dos grandes grupos de pueblos:
Paralelamente, pueblos del Mediterráneo oriental establecieron colonias comerciales en las costas:
La conquista romana de la Península comenzó en el 218 a.C. durante la Segunda Guerra Púnica y se completó en el 19 a.C. bajo Augusto (guerras cántabro-astures). Fue un proceso largo (casi 200 años) con episodios de feroz resistencia: Viriato (caudillo lusitano, muerto en 139 a.C.) y Numancia (ciudad celtíbera que prefirió la destrucción a la rendición, 133 a.C.).
La romanización fue el proceso de asimilación de la lengua, costumbres, leyes, religión y cultura romanas por los pueblos hispanos. Fue más intensa en el sur y el este (regiones urbanizadas) y más débil en el norte (pueblos ganaderos y montañeses). Sus principales manifestaciones fueron:
• Latín: lengua oficial; base del castellano, catalán, gallego y portugués.
• Derecho romano: base del sistema jurídico.
• Urbanismo: ciudades con foro, templo, teatro, anfiteatro, termas y acueducto. Capitales provinciales: Tarraco (Tarragona), Emérita Augusta (Mérida), Corduba (Córdoba), Hispalis (Sevilla), Caesaraugusta (Zaragoza).
• Infraestructuras: calzadas (Vía Augusta, Vía de la Plata), acueductos (Segovia), puentes (Alcántara), murallas (Lugo).
• Religión: politeísmo romano y, desde el siglo IV, cristianismo (Edicto de Tesalónica, 380).
• Personajes ilustres: Séneca (filósofo), Marcial (poeta), Trajano y Adriano (emperadores).
En el siglo V, varios pueblos germánicos (vándalos, suevos, alanos) entraron en Hispania. Los visigodos, aliados de Roma, los expulsaron y establecieron un reino con capital en Toledo que abarcaba la mayor parte de la Península.
El reino visigodo tuvo debilidades estructurales que facilitaron su rápida caída: la monarquía electiva (luchas constantes por el trono), la división entre la nobleza, y el descontento de judíos y sectores de la población perseguidos por la legislación visigoda.
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