La Filosofía y la Ciencia son disciplinas que se complementan en muchas áreas de la investigación humana. Aunque ambas buscan entender el mundo y el universo, sus métodos y objetivos son muy diferentes. La Filosofía se enfoca en la reflexión y la crítica, buscando explicar y entender las cosas desde una perspectiva ética y filosófica. La Ciencia, por otro lado, se centra en la observación y el estudio sistemático de fenómenos naturales, a través de la ciencia exacta y la observación científica.
¿Cuál de las siguientes afirmaciones describe mejor a la filosofía?
A diferencia de la filosofía, ¿qué método caracteriza principalmente a la ciencia?
Los presocráticos son los filósofos griegos anteriores a Sócrates (siglos VI-V a.C.) que protagonizaron la primera revolución intelectual de la historia: la búsqueda de un principio racional (arché) que explicara el origen y la constitución del universo. Su pregunta fundamental fue: ¿De qué está hecho todo? ¿Cuál es el principio originario de la realidad?
Estos pensadores, procedentes de las colonias griegas de Asía Menor (Jonia), el sur de Italia y Sicilia, sentaron las bases de la filosofía y de la ciencia occidental. Aunque solo conservamos fragmentos de sus obras, su impacto en la historia del pensamiento es inconmensurable.
Tales de Mileto (c. 624-546 a.C.) es considerado el primer filósofo de la historia. Propuso que el arché (principio) de todas las cosas era el agua. Observó que el agua es esencial para la vida, que puede ser sólida, líquida o gaseosa, y que está presente en todas partes. Aunque su respuesta nos parezca ingenua, lo revolucionario fue la pregunta y el método: buscar una explicación natural, no mitológica.
Anaximandro (c. 610-546 a.C.), discípulo de Tales, propuso como arché el ápeiron (lo indeterminado, lo infinito). Razonó que el principio de todo no puede ser algo concreto (como el agua), porque entonces no podría dar origen a su contrario (el fuego). Debe ser algo indeterminado, infinito y eterno de lo que surgen todas las cosas y a lo que todas regresan. Esta idea es de una profundidad extraordinaria.
Anaxímenes (c. 585-525 a.C.) propuso el aire como arché. El aire, mediante procesos de condensación (se convierte en agua y tierra) y rarefacción (se convierte en fuego), genera todas las cosas. Introdujo así un mecanismo natural de transformación.
Heráclito de Éfeso (c. 535-475 a.C.) es el filósofo del cambio. Su tesis central: todo fluye (panta rei). La realidad es un proceso dinámico, un flujo perpetuo de transformación. Su famosa metáfora del río lo expresa con claridad: «No puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque nuevas aguas fluyen constantemente». El arché para Heráclito es el fuego, símbolo de transformación perpetua. Pero el cambio no es caótico: está regido por el logos, una ley racional que gobierna la armonía de los contrarios (día-noche, guerra-paz, vida-muerte). La realidad es lucha y unidad de opuestos.
Parménides de Elea (c. 515-450 a.C.) es el filósofo del ser y representa la posición opuesta a Heráclito. Parménides sostiene que el cambio es una ilusión de los sentidos. La razón nos dice que «el ser es y el no-ser no es». Si algo es, no puede dejar de ser (porque pasaría al no-ser, que no existe). Por tanto, el ser es único, inmóvil, eterno, indivisible y continuo. El movimiento y la pluralidad son apariencias engañosas captadas por los sentidos, no por la razón.
Ante el desafío de Parménides (que negaba el cambio y la pluralidad), varios filósofos intentaron salvaguardar tanto el ser inmutable como la realidad del cambio proponiendo múltiples principios:
Empédocles (c. 494-434 a.C.) propuso cuatro elementos eternos e inmutables: tierra, agua, aire y fuego. El cambio se explica por la mezcla y separación de estos elementos, impulsados por dos fuerzas cósmicas: el Amor (que une) y el Odio (que separa).
Anaxágoras (c. 500-428 a.C.) propuso infinitas semillas (homeomerías) que contienen una porción de todo. El orden del cosmos se debe al Nous (mente o intelecto cósmico), la primera inteligencia ordenadora propuesta en filosofía.
Demócrito (c. 460-370 a.C.) y Leucipo desarrollaron el atomismo: la realidad está compuesta de átomos (partículas indivisibles, eternas e inmutables) que se mueven en el vacío. Las diferencias entre los objetos se explican por la forma, el tamaño, la posición y el orden de los átomos. Esta teoría, formulada hace 2.500 años, anticipa de forma asombrosa la física moderna.
Pitágoras (c. 570-495 a.C.) y su escuela propusieron que el arché de todas las cosas es el número. Descubrieron que las relaciones musicales (la armonía) se basan en proporciones numéricas, y extrapolaron esta idea a toda la realidad: el cosmos entero está ordenado según relaciones matemáticas. La palabra «cosmos» (orden) la acuñaron los pitagóricos, en oposición a «caos».
Los pitagóricos también introdujeron ideas fundamentales: la inmortalidad del alma y la transmigración (metempsicosis), la importancia de la vida contemplativa, y la vinculación entre matemáticas y realidad que será central en la ciencia moderna.
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