El sistema nervioso es el director de orquesta de nuestro cuerpo. Se encarga de recibir información del exterior y del interior del organismo, procesarla y enviar las órdenes necesarias para que nuestro cuerpo responda de forma adecuada. Gracias a él podemos pensar, sentir, movernos, recordar y aprender.
El sistema nervioso trabaja a una velocidad asombrosa: los impulsos nerviosos pueden viajar a más de 400 kilómetros por hora. Esto nos permite reaccionar casi instantáneamente ante cualquier estímulo, como apartar la mano de algo caliente o atrapar una pelota.
Las neuronas son las células especializadas del sistema nervioso. Son las encargadas de transmitir los impulsos nerviosos, que son señales eléctricas y químicas. Cada neurona tiene tres partes:
Cuerpo celular (soma): es la parte central de la neurona, donde se encuentra el núcleo. Aquí se procesa la información que recibe la neurona.
Dendritas: son prolongaciones cortas y ramificadas que salen del cuerpo celular. Su función es recibir los impulsos nerviosos de otras neuronas o de los receptores sensoriales.
Axón: es una prolongación larga (puede medir desde unos milímetros hasta más de un metro) que transmite el impulso nervioso desde el cuerpo celular hasta la siguiente neurona o hasta un órgano efector (un músculo o una glándula). El axón está recubierto por una capa aislante llamada vaina de mielina, que acelera la transmisión del impulso.
Las neuronas se comunican entre sí a través de unas conexiones llamadas sinapsis. En la sinapsis, la neurona emisora libera unas sustancias químicas llamadas neurotransmisores que cruzan un pequeño espacio y estimulan a la neurona receptora. Nuestro cerebro tiene más de 86.000 millones de neuronas, conectadas entre sí formando redes increíblemente complejas.
El sistema nervioso central (SNC) está formado por el encéfalo (que está dentro del cráneo) y la médula espinal (que va por dentro de la columna vertebral). Ambos están protegidos por huesos y por unas membranas llamadas meninges.
El encéfalo se divide en tres partes principales:
- Cerebro: es la parte más grande del encéfalo y ocupa casi toda la parte superior de la cabeza. Se divide en dos mitades llamadas hemisferios cerebrales (derecho e izquierdo). El cerebro controla el pensamiento, la memoria, el lenguaje, las emociones, los movimientos voluntarios y la interpretación de los sentidos. Su superficie tiene pliegues llamados circunvoluciones que aumentan la cantidad de neuronas.
- Cerebelo: se encuentra en la parte posterior e inferior del cráneo. Su función principal es coordinar los movimientos y el equilibrio. Gracias al cerebelo, puedes caminar, escribir o montar en bicicleta sin tener que pensar en cada músculo que mueves.
- Tronco encefálico (bulbo raquídeo): conecta el cerebro y el cerebelo con la médula espinal. Controla funciones vitales automáticas como la respiración, el ritmo cardíaco y la deglución (tragar).
La médula espinal es un cordón nervioso que mide unos 45 centímetros y va protegido dentro de la columna vertebral. Su función es doble: transporta los impulsos nerviosos entre el encéfalo y el resto del cuerpo, y coordina los actos reflejos.
El sistema nervioso periférico (SNP) está formado por todos los nervios que salen del encéfalo y de la médula espinal y se extienden por todo el cuerpo. Hay dos tipos de nervios:
- Nervios sensitivos: llevan la información de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato) y de los receptores internos hasta el sistema nervioso central.
- Nervios motores: llevan las órdenes del sistema nervioso central hasta los músculos y las glándulas para que el cuerpo responda.
Actos voluntarios: son los que realizamos de forma consciente, pensando en ellos. Por ejemplo, levantar la mano, hablar, escribir o decidir qué comer. El proceso es: un receptor capta un estímulo → el nervio sensitivo lleva la información al cerebro → el cerebro analiza y decide → envía una orden por un nervio motor → el músculo ejecuta la acción.
Actos reflejos: son respuestas automáticas, muy rápidas, que no pasan por el cerebro sino por la médula espinal. Sirven para protegernos. Por ejemplo, apartar la mano de una llama, cerrar los ojos ante una luz muy fuerte, o el reflejo de la rodilla cuando el médico golpea suavemente con el martillito. Son más rápidos que los actos voluntarios porque el recorrido del impulso nervioso es más corto.
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